Dentro de mi hay un monstruo que nadie conoce, una criatura que nadie desea ver, alguien que algunas veces intenta salir a luz, pero que rápidamente se arrpiente y vuelve a su cueva gritando desesperado.
Vive fuera de control, y el único que logra aguantarle soy yo. Tan despreciable es él y tan parte de mi. Lo veo y me enojo porque esta allí, tan unido a mi, tan parte de lo que soy. Platico con él y trato de convencerle para que le dé un giro a su vida y así me deje vivir la mía en paz, pero eso es lo que más le molesta y es cuando más intenta llamar la atención alcanzando, con mínimos movimientos, afectar a los que están a mi alrededor.
Quizás para que el muera, deba morir yo. Quizás si decido vivir, deberé de acostumbrarme a que él viva conmigo. Quizás puedo convencerlo de que se vuelva mi amigo y así, lograr que se quede allí, en su cueva, sin necesidad de mostrarse a nadie más, porque todos lo detestan. Ni siquiera los que me aman lo soportan y con razón, si no es para nada apreciable.
Toda mi vida le he dado vuelta al mismo asunto, buscando soluciones, buscando estrategias, diciéndole a Dios que sea Él quien nos ayude. Han sucedido cambios, lo acepto, pero sigue estando ahí y no es culpa de Dios. Estoy algo desgastado y creo que él también lo está. Cansados de estar lidiando entre el rencor y el perdón, entre el odio y el amor, entre su rabia y mi calma, entre su “impulsividad” y mi serenidad.
Quien no me conoce, supone que soy buena persona. Quien me conoce, percibe que soy agradable. Quien me conoce un poco más, conoce un poco de él y sabe que en ciertos momentos puedo llegar a ser despreciable. Quien me conoce por completo seguramente a reído y sufrido por mi culpa.
HAY MOMENTOS EN LOS QUE ME CONVIERTO EN EL PEOR ENEMIGO DE LOS QUE AMO.