Ubicado en una esquina de 4 grados norte, mientras detenía mi auto ante el rojo del semáforo, una mujer cruzó el paso de cebra desatada en llanto… no pude evitar seguirla con la mirada. El semáforo hizo su tan esperado cambio, arranqué y al pasar al lado de ella, no pude evitar voltear a ver nuevamente. En verdad se veía destrozada.
No tengo la más mínima idea de lo que le sucedió, pero mi mente se dejó seducir por esa libertad que tenemos de crear varias hipótesis e imaginar “el por qué” del visible sufrimiento. También me ayudó el hecho de que hoy en día, en mi país, no es difícil imaginarse un panorama dramático y desalentador.
Fue así como pase por el hecho de que la habían asaltado, lo primero que se le puede ocurrir a cualquier guatemalteco al ver a una mujer llorar en la calle.
Después imaginé que habían tratado de abusarle sexualmente y con cierta suerte había logrado escapar. Lo más duro fue imaginar que no había corrido con esa suerte.
“Puede que presenció un asesinato” dijo el pensamiento siguiente y el siguiente sugirió que el novio la había mandado al carajo en el Taco Bell ubicado algunos metros atrás… que alivio si fuese ésta la situación, pensé.
¿Se quedó sin trabajo y es mamá soltera? o ¿La habrán sacado de su casa porque rompió un par paradigmas sociales o religiosos?
Tal vez sólo tuvo un día difícil en el trabajo y es de las mujeres que por todo se desahoga llorando, otra situación para no alarmarse.
Quizás está tan endeudada que siente que nunca saldrá de ese hoyo y más bien, está segura de que sus deudas la terminarán enterrando.
Sin darme cuenta, estaba poniendo mis luces de emergencia y parqueándome frente a mi casa para abrir el portón del garage. Mientras entraba el carro (de retroceso porque es más entretenido) le di fin a mi seguidilla de “supuestos”. Me baje y de un suspiro saqué la tristeza que se siente al pensar que en Guatemala te puede llevar la fregada de cien mil maneras distintas, todas, atentando contra nuestra humanidad.